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jueves, 3 de diciembre de 2009

Caciquismo, periodismo y derechos de autor

Ziggymutter es periodista freelance desde hace mucho años. Altamente competente, comprometida. Lo mismo escribe sobre amores adolescentes que te hace un reportaje de investigación sobre las mafias de la madera. Un día, Ziggymutter se encuentra con un Fulano, promotor cultural para más señas, que corta el bacalao en determinado tipo de eventos populares que se hacen en Barcelona. Quiere que ella le prepare los contenidos de su web, le redacte publireportajes, le monte un vídeo y un catálogo. Ella acepta, y dedica largas horas a aguantar las neuras de Fulano. El tío la agobia a cada momento con llamadas intempestivas, le cambia las fechas de entrega cuando le apetece, la marea lo que no está escrito contándole su propia vida y milagros. Ziggymutter es una profesional, y le echa toda la carne al asador. Entrega a tiempo, aguanta los caprichos de Fulano. Finalmente, le manda las facturas, y Fulano, que antes no la dejaba en paz ni a sol ni a sombra, desaparece del mapa. Cuando ella consigue contactar por teléfono -llamando a través del número de sus amigas- él la insulta y la amenaza con denunciarla por acoso.

Laotra también es periodista, pero ha trabajado muchos años en una empresa de contenidos culturales. Hace poco la firma redujo plantilla, y a ella le tocó. Su jefe, al que llamaremos Cacique, le ofreció seguir colaborando con ellos como freelance. Tuvo suerte, a otros despedidos les ofreció lo mismo pero a cambio de renunciar a la indemnización. El caso es que Laotra aceptó, en vista de cómo está el patio, y fue entregando religiosamente cuantos encargos se le hacían. Ahora Cacique no paga. No es urgente. Al fin y al cabo Laotra puede ir viviendo de esa indemnización a la que egoístamente no quiso renunciar. Ah, y cuidado con rechistar, que se cierra el grifo de las colaboraciones.

Hoy el Ministerio de Cultura se rasga las vestiduras por los derechos de la propiedad intelectual, pero no se cuestiona cuántos periodistas están trabajando en condiciones peores que las de un cortijo del siglo XIX. Los dos ejemplos que he puesto son de medios pequeños que pagan mal o tarde, pero como éstos los hay de muchos profesionales que trabajan en prensa de todo tipo y tamaño en unos términos absolutamente precarios, tanto en lo que se refiere a los sueldos como a recursos. Porque hay periódicos de alcance nacional que pagan 20€ por cada rueda de prensa que les cubre un becario. A los periodistas no les están quitando el pan los medios digitales, sino empresarios como Fulano o Cacique, que siguen contando con sueldos de aúpa, y cuyo modelo de negocio sólo puede funcionar a base de trampas, fullerías, y de gastarse los presupuestos en dárselas de emprendedores, puliéndoselo en proyectos desquiciados y malgastando en cenas de empresa, cochazos de alquiler y vicios innombrables. No en invertir en calidad, investigación, o simplemente, en que los autores cobren justa y puntualmente.

¿Quién defiende la propiedad intelectual de aquéllos que pueden elaborar contenidos rigurosos y/o amenos para radio, tele o periódicos? ¿Quién es el hipócrita que afirma proteger los derechos de un autor simplemente porque le da las migajas de su negocio a cambio de que escriba para él? Y luego serán los primeros en quejarse de que la gente no quiere pagar por la cultura.

viernes, 25 de septiembre de 2009

Black is beatiful

Lo ha dicho Silvia Grijalba y no le falta razón. En su artículo Yo también he sido gótica y gorda (y adolescente) expone una verdad como un pino, a saber, que es que las hijas de Zapatero, oh conmoción, no son muñecas Barbie de tardes en Joy Eslava (¿existe aún Joy Eslava, pregunto desde el País Hermano?) y boda en El Escorial, sino crías de verdad.

Porque sí, amigos, yo también he sido gótica y gorda y adolescente, aunque no espacios de tiempo coincidentes, ya que a mí lo del gotiquerío me llegó tarde, entrada en la veintena y se me pasó en cuanto se murió mi padre y me di cuenta que la muerte tiene poco de poético y mucho de mierda. El caso es que esta mañana, como todo el país, me he desayunado con las foticos de la visita a los Obama. Y he pensado que si yo hubiera intentado hacer algo semejante -no sé me ocurre el qué, ¿visitar a mis tíos? ¿presentarme así en un festival del cole?- las presiones que mi entorno hubiera ejercido para que capitulara y adoptara un atuendo más ad hoc hubieran sido de aúpa. Y eso que en mi casa no había asesores de imagen ni jefes de protocolo. Pero ellas han dicho no, yo me visto así y eso es lo que hay.

No sé ni qué edades tienen estas chicas, pero por sus tamaños deduzco que están en la época chunga-chunga de los años escolares. Aquella en que mientras tú te quieres leer tus novelas de ciencia ficción y tus mangas, jugar a tus juegos de rol, escribir tu poesía y escuchar a los Joy Division, las zorroides barbiguapas se reirán de ti porque tú te empeñas en no hacer faltas de ortografía, no saltas el plinto y te interesa más Jane Austen que los Jonas Brothers. Y se quedarán con el acnéico por el que suspires en ese momento. Aún no sabes que dentro de diez, quince años, su ortografía no habrá mejorado y sus aspiraciones vitales seguirán más o menos igual, hijo aquí, hipoteca allá.

Y puede que las tuyas tampoco hayan variado, pero tú, al menos, aunque ahora vistas de colorines, podrás mirar atrás y decir que tu padre te llevó a la Casa Blanca a pesar del pintón que gastabas entonces. Yo no sé si a estas niñas hoy les han fastidiado el día con todos los comentarios crueles que corrían por internet, y la vida entera al perderse su privacidad. Sólo digo que espero que las cosas les vayan bien, que ahora sé, y ojalá hubiera sabido entonces, que la adolescencia por suerte sólo se pasa una vez, y que es demasiado corta para ir haciendo concesiones. Sobran oportunidades durante el resto de la vida.